Iba a ser un día especial para el joven Marcos. Aquella
noche, había soñado con su abuelo, el hombre que precedió el título que estaba
a punto de ostentar. En aquellos sueños, podía observar al anciano hombre
caminar hacia una cueva cercana, silenciosamente, para luego sacar una espada
corta y golpear unas rocas con ella. Aquella extraña visión se desvanecía,
mientras los rayos del sol alumbraban el interior de su hogar, despertando a
aquel joven de forma lenta. El chico, de nombre Marcos, se preparaba para aquel
importante día. Había usado el agua del rio cercano la noche anterior para
darse un baño, intentando estar presentable. Ante el tenue reflejo de la
ventana de su habitación, peinó su cobrizo cabello y observó sus ropas. Eran
ropas normales, de colores derivados de la tierra, como era común. Tomó de
entre sus pertenencias, una camisa de mangas largas de color negro, colocándosela
encima de su previa remera y observando el baúl que ahí estaba. Aquel baúl de
metal y madera perteneció a su abuelo, quien vigilaba con recelo aquel objeto
debajo de su propia pintura. Marcos nunca lo llegó a conocer, pues era apenas
un bebé cuando este murió, según cuenta su padre. Tras unos segundos pensativo,
el joven abrió aquel cofre, para observar la armadura plateada que allí se
guardaba. La armadura no era del tipo pesada, y fácilmente pudo colocársela él
mismo. Se tardó un tiempo poniéndose la armadura, algunas partes en los bordes
poseían óxido, pero la armadura seguía utilizable y otorgaba protección.
Marcos había terminado de colocarse la armadura y escuchó el
llamado de su madre, quien se encontraba preparando la comida. El joven bajó a
atender el llamado y tras comer, se incorporaba para dar un paseo, cuando su
madre lo detuvo. El chico volteó a verla y ella con una sonrisa acarició su
rostro -Espero que te vaya bien hoy- fueron sus únicas palabras, ahogando las
demás en una sonrisa algo melancólica. Marcos entendía que su madre no
soportaba ver a su hijo vuelto un guerrero que pase peligros, pero a su vez se
encontraba orgullosa de ello. Él le abrazó con calidez y le devolvió la
sonrisa, aseverando que estaría bien. Tan pronto salió de su hogar, vio por el
rabillo del ojo una figura de largo pelo negro y tez blanca, que le daba un
rápido beso en la mejilla. El castaño se sorprendió y miró a la chica que le
había besado, sonriéndole -¡Lilith! No esperaba verte aquí- dijo asombrado. La
chica rio un poco y le sonrió de regreso -¿A quién esperabas si no?- preguntó,
a lo que el chico apenado apenas le respondía -A nadie... es sólo que no pensé
que dejarías el castillo sólo para verme-. La chica hizo una sonrisa pícara, después
de todo, el chico tenía algo de razón. No era bueno para una princesa dejar la
seguridad de su castillo para ver a un plebeyo, sin embargo, ella tenía ganas
de verle.
Habían pasado 2 años desde la última vez que le vio en
persona, y aunque la correspondencia la mantenía al tanto de su situación, ella
tenía la necesidad de volver a ver a su prometido frente a frente. Vestida como
cualquier miembro de la aristocracia, la chica se arregló lo mejor que pudo
para ir a la ceremonia de juramentación del joven caballero. Perfumada y puesta
con vestido no muy resaltante (al menos no para la clase alta) de colores
claros, se encontraba allí frente a su prometido. El encuentro parecía que iba
a ser corto, pues el punto del mediodía estaba bastante cerca y la chica
sabiendo esto, tomó a Marcos de la mano, halándolo un poco lejos de su hogar.
Sonrojado, el chico le preguntó a donde se dirigía, notando la gente de la
aldea que les observaba -En tus cartas escribiste de un lugar...- explicaba
ella, siguiendo el paso de un río que rodeaba los cultivos del poblado. Río
arriba, se encontraba una cueva, algo angosta, pero lo suficiente para que los
dos jóvenes pudiesen entrar a explorar. Sonriente, Lilith llevó al reacio chico
al interior de la oscura cavidad, adentrándose lo suficiente para tener
privacidad. Con sus manos, apenas entró, creó una pequeña bola luminosa hecha
de magia, que emitía brillos a su alrededor. Marcos, algo temeroso de llegar
tarde a su propia ceremonia, intentaba convencerle de volver, pero la chica
hizo caso omiso y continuó adentrándose en la cueva, donde el joven la seguía, resignándose
a seguir su paso. Tras poco tiempo, Lilith se volteó a mirar al chico,
difuminando la vista de la cueva al apagar poco a poco la luz de su magia, y acercándose
al chico y rodeándolo con los brazos. Acercó su rostro a él y en plena
oscuridad, fundió sus labios en un beso....
- ¿¡En donde demonios estará ese chico!?- vociferó el hombre
en mitad de la iglesia. Aquello no era considerado una blasfemia, puesto que la
religión de los presentes era devota hacia el poder de los dragones, y los
demonios eran simplemente otros habitantes del mundo mitológico según ellos. El
hombre, en una armadura pesada, caminaba de un lado a otro, ante los
expectantes fieles y pocos nobles que observaban el evento. Las campanas de la
iglesia sonaban, haciendo notar que el tiempo llegaba al mediodía, la cumbre
del astro solar, y que la ceremonia debió haber empezado desde antes.
Impaciente, el caballero se plantó en la posición donde debía estar para
juramentar a quien sería su heredero, el guardián de los dragones que habitaban
la mítica tierra de Dragoniah. Aunque él nunca había entrenado personalmente a
Marcos, supo de su amigo, Privet Rughion, el sacerdote local y de cierto modo
gobernador de la aldea, que su entrenamiento fue satisfactorio. El escudero de
aquel guerrero, un hombre de piel negra, proveniente de una lejana tierra, se
encontraba a su lado, esperando también por la llegada del heredero. En las
afueras de la iglesia, se podía escuchar la discusión que Lilith tenía con su
prometido, respecto a quién había salvado a quién más veces. Ambos se quedaron
callados cuando Privet, el sacerdote, salía a buscar a Marcos -Lo lamento,
milord- le dijo al anciano, caminando hacia el interior de la estructura
sagrada en cumplimiento del protocolo, mirando al frente hacia el cumplimiento
de su objetivo. Marcos se acercó en caminata, arrodillándose ante el previo
guardián, que tomó su espada y la colocó en sus hombros -Marcos Curien, a
partir de ahora, se te encomienda la labor del Guardián. Más que un título
nobiliario, es una responsabilidad sacra, que ahora recae en tus manos- empezó
el hombre, ante lo que marcos respondía con el juramento, pero mientras daba su
respuesta, el hombre empezó a sentir un dolor en el pecho, incalculable, hasta
que no pudo soportarlo y soltó su espada. -¡Maestro!- gritó su escudero, tomándolo
en brazos sin poder retener su caída al suelo, cayendo sin vida en el suelo de
la iglesia. Tan pronto esto sucedió, se pudo escuchar un grito de
"¡Fuego!" seguido del ruido de algunos animales. Desconcertado,
Marcos tomó la daga que guardaba y miró a su alrededor, buscando indicios de lo
que había sucedido. Privet tomó su bastón e hizo lo mismo, aquella no era una
situación normal, ni una coincidencia, algo o alguien estaba detrás de todo
eso. Aún en pleno mediodía en una estructura llena de ventanas, todo se sumió
en una oscuridad...
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