"Una escuela... ¿de androides?"
Fue su primer pensamiento, mirando el folleto en su pupitre
junto con la solicitud del programa de intercambio de alumnos
- oiga, directora... pensé que la solicitud de intercambio
me llevaría a algún país con otras culturas... como J~- su queja fue interrumpida
por aquella mujer, quien tras un regaño se dedicó a explicarle.
- Esta escuela queda, efectivamente, en otro país. Y
agradece, eres el único que entra en un intercambio de especies autómatas,
alumnos de todo el mundo matarían por saber cómo es la vida allá adentro-
- esa parte la sé- replicó el peli azul, incorporándose
-Pero no pienso juntarme con esos... esos... ¡desalmados!- exclamó en sentido
literal, ante la ofensa de no poseer alma realmente.
-¡Silencio señor Acronds!- respondió imponente la mujer,
golpeando el escritorio -le recuerdo que esta es una prestigiosa escuela, y que
tuvimos suerte de entrar en este programa único, y eres el que está mejor
capacitado para el intercambio. Si piensas mostrar actitudes de especismo o
prejuicio de esa forma bien puedes ir a una escuela de perros-
El chico guardó silencio ante el regaño, y tomó sus cosas
reacio, mirando el folleto de aquella escuela junto con las formas, llenas con
mayor información legal acerca de sí mismo. Tras un suspiro, se resignó y supo
que no había forma de quitar la solicitud ya aprobada, y que tendría que viajar
hacia este nuevo lugar.
2 días habían pasado ya, pasaporte en mano, el chico
volteaba a ver a su padre, que le sonreía y le saludaba con la mano, junto con
su madrastra que abrazada a él también se despedía -Volveré para fin de año
Papá... te amo- le decía, dándole la mano, seguido de un abrazo cálido,
escuchando aquel anuncio "El vuelo 334 a Kihito está a punto de partir,
tercer y último aviso". Tras un suspiro, caminó hacia el chequeo de
billetes, donde el trabajador revisaba su número de billete y vuelo, sonriéndole
siempre, e indicándole la puerta donde debía entrar. Al lado de dicha puerta,
una chica se paraba sonriente. Se notaba en su cuello su construcción
artificial, además de esos rasgos que eran demasiado perfectos como para ser
naturales. Tan pronto el chico se acercó, aquella robot le otorgó un
"Saludos, disfrute de su vuelo" el cual él ignoró, sabiendo que era
una acción automática y no los deseos de una persona real. Procedió a entrar en
la puerta hacia un vuelo de varias horas hacia la ciudad tecnológica de Kihito.
El chico observó atentamente su collar, tenía forma de lágrima y era de color
azul, igual que el resto de su ropa; el collar poseía una tenue luz purpura que
se encendía al tacto dactilar -Madre... espero me acompañes durante el viaje-
pidió hacia el cielo, casi a forma de rezo. El avión despegaba de la pista, y
el chico se puso a leer aquel folleto detalladamente, antes de caer dormido por
el cansancio a las pocas horas.
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